Ucrania: “A –20 °C, entre bombardeos y apagones, la vida es imposible”

La falta de electricidad agrava problemas médicos y limita el acceso a la atención sanitaria

Domingo por la mañana en un refugio para personas desplazadas en Dnipro. 1 de febrero de 2026. JULIA KOCHETOVA

Kiev, 23 de febrero de 2026.– Desde el 24 de febrero de 2022, más de una instalación sanitaria al día —más de 2.000 en total— ha sido dañada o destruida en Ucrania por los bombardeos. A ello se suman los ataques contra la red energética, que han endurecido aún más los inviernos y obligado a millones de personas a vivir con cortes recurrentes de electricidad, calefacción y agua corriente.

La falta de electricidad afecta directamente a hospitales y centros de salud, agravando problemas médicos ya existentes y limitando el acceso a la atención sanitaria, advierte Médicos Sin Fronteras (MSF), cuyos equipos trabajan en Ucrania desde 1999.

“Casas sin luz, calefacción ni agua cuando el termómetro marca –20 °C hacen que la vida sea simplemente imposible. Basta imaginar lo que significa regresar a casa tras una cirugía y encontrar el interior a varios grados bajo cero”, señala Enrico Vallaperta, coordinador general de MSF en el este de Ucrania.

El frío extremo, consecuencia de los repetidos ataques de las fuerzas rusas contra infraestructuras energéticas, agrava vulnerabilidades ya profundas: personas mayores que viven solas, pacientes con enfermedades crónicas y familias desplazadas que sobreviven en alojamientos precarios. En las zonas más próximas al frente, comunidades enteras pasan días o incluso semanas sin servicios básicos.

Damir, de dos meses, solo se ha bañado dos veces desde que nació: una en el hospital y otra en uno de los pocos días en que regresó la electricidad, aunque fuera brevemente. “Ahora usamos toallitas porque hace mucho frío. La habitación no llega a calentarse a tiempo para bañarlo. Tengo miedo de que mi hijo se resfríe”, contó su madre al equipo de MSF.

Clínicas móviles de MSF: pacientes duplicados en un solo año

Solo en 2025, las ambulancias de MSF realizaron 10.722 traslados de pacientes, el 60% por heridas relacionadas con el conflicto. Entre 2022 y 2025, las clínicas móviles de la organización llevaron a cabo más de 370.000 consultas en zonas con acceso limitado o inexistente a la atención sanitaria. En 2025, el número de pacientes atendidos en estas clínicas se duplicó con creces respecto a 2024, al pasar de 4.327 a 9.500.

“Ningún lugar es seguro” en Ucrania, donde en una sola noche pueden lanzarse hasta 600 drones de largo alcance, advierten los equipos de MSF. La organización cuenta con 380 trabajadores y trabajadoras humanitarios en el país. Desde junio de 2022, MSF se ha visto obligada a abandonar siete hospitales en las regiones de Donetsk, Járkov y Dnipropetrovsk debido al recrudecimiento de los combates; cuatro de ellos fueron posteriormente destruidos.

El 50% de los pacientes del centro de salud mental de MSF padece trastorno de estrés postraumático

Junto a la devastación material, se extiende un impacto menos visible pero igualmente profundo: el deterioro de la salud mental. Entre 2022 y 2025, los equipos de MSF realizaron más de 55.000 consultas psicológicas.

“La mitad de los pacientes atendidos por MSF en el centro de salud mental ha recibido un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático o depresión”, explica Elena Butta, excoordinadora médica de MSF en Vínnytsia. “Cuando una proporción tan elevada de la población vive con las secuelas del trauma, se resiente el propio tejido social. No es solo sufrimiento individual: se ven afectadas las relaciones familiares, la capacidad de trabajar y la confianza en el futuro”.

En Vínnytsia, en el centro Vidnovlennia (en ucraniano, “reconstrucción”), MSF ofrece apoyo psicológico a personas afectadas por la guerra: veteranos, desplazados internos, supervivientes de cautiverio y civiles que han sufrido traumas, pérdidas o estrés prolongado. “Nuestro trabajo se articula en torno a varios pilares: psicoterapia para personas con trastorno de estrés postraumático; psicoeducación y promoción de la salud mental, con especial énfasis en la reducción del estigma a nivel comunitario; y formación de organizaciones locales para fortalecer su autonomía”, añade Butta.

Las cicatrices de los años de conflicto se reflejan en las historias personales de quienes se han visto obligados a huir. “Teníamos manzanas, ciruelas, cerezas, peras y melocotones. Muchas rosas y lirios”, recuerda Zinaida Babisheva, de 67 años y hoy refugiada en Dnipro, evocando el jardín de su casa y la vida antes de la invasión a gran escala. “Ahora mi hija cultiva flores, pero yo ya no tengo ganas de hacer nada”.

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