Ébola en la RDC: uno de cada cuatro casos de ébola en Kivu Norte es un niño menor de 5 años
MSF afirma que es muy probable que muchos de estos niños contrajeran la enfermedad dentro de otros centros sanitarios y alerta del impacto desproporcionado del actual brote de ébola entre los niños y niñas
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Butembo, 20 de octubre de 2026.- Aunque el ébola sigue siendo una enfermedad con un alto índice de mortalidad para todos los grupos de edad, los niños y niñas más pequeños son quienes corren un mayor riesgo de muerte. Según Epicentre, el centro de investigación epidemiológica de MSF, la situación es especialmente preocupante en Kivu Norte, donde el 24% de los casos confirmados por el brote actual corresponden a niños menores de 5 años y el 13% del total a niños menores de un año. En Ituri el porcentaje de menores de 5 años desciende al 13 %, que en cualquier caso sigue siendo muy alto, mientras que el de niños menores de un año representa un 6% del total.
En el Centro de Tratamiento de Ébola (CTE) de MSF en Butembo, en Kivu Norte, los equipos de la organización han observado una tasa de letalidad especialmente elevada entre los niños. Como muestra, entre junio y septiembre de 2026, 24 niños y niñas de los 30 que estuvieron ingresados —la mayoría de ellos menores de 5 años— fallecieron a causa del virus Bundibugyo solo en este CTE. Según los responsables médicos de MSF, la rápida progresión de la enfermedad en las comunidades y el acceso limitado a la atención especializada en los centros de salud están contribuyendo a estas tasas de mortalidad tan alarmantemente elevadas.
"Los centros de atención primaria suelen carecer de conocimiento y experiencia en la gestión de casos, así como del equipamiento y de las medidas de prevención y control de infecciones necesarias para identificar y gestionar de forma segura los casos sospechosos", explica Stéphanie Hoffmann, coordinadora de MSF en Butembo. "La mayoría de los casos pediátricos ingresados en nuestro CTE de Butembo durante el verano ya habían sido hospitalizados por otras enfermedades en otros centros médicos durante los días o semanas previos a su ingreso. Sus familiares no padecían ébola, por lo que es muy probable que estos niños contrajeran la enfermedad dentro de los centros sanitarios". Reforzar las medidas de prevención y control de infecciones en los centros sanitarios, garantizar la disponibilidad de equipos de protección individual (EPI) y potenciar la formación del personal sanitario en los centros de salud no especializados en ébola que se encuentren en las zonas de riesgo resulta fundamental para mantener los servicios esenciales y, al mismo tiempo, prevenir la transmisión asociada a la atención sanitaria.
Aunque se han realizado esfuerzos para reducir el impacto emocional que el aislamiento tiene en los niños ingresados en los CTE, incluida la creación de zonas de visita donde los padres pueden ver y comunicarse con sus hijos hospitalizados, el ingreso en un CTE sigue siendo una experiencia profundamente angustiosa para los pacientes más jóvenes. Los niños muchas veces son demasiado pequeños para comprender su situación o para cuidar ellos mismos de sus necesidades más básicas. Para ayudar a abordar esta situación, MSF ha contratado y formado a cuidadores que proporcionan apoyo y consuelo diarios a los niños en el interior de los CTE que la organización apoya. Estos cuidadores usan un EPI completo para hacer su trabajo y entre ellos hay varias personas que estuvieron contagiadas de ébola y que han sobrevivido al virus. Actualmente, 13 cuidadores prestan apoyo a los niños y niñas en el CTE de Kitatumba, en Butembo. Y, aunque dista mucho de ser una solución perfecta, esta iniciativa proporciona un contacto humano y un apoyo emocional que resulta esencial para los niños que se enfrentan al brote.
"Además de los enormes retos que plantea la atención a los pacientes infantiles, los centros médicos se enfrentan a la falta de directrices sobre la dosificación pediátrica y a la escasa disponibilidad de formulaciones de medicamentos en fase de investigación adaptadas a los niños. La atención médica, la gestión y la investigación deben centrarse firmemente en los niños", afirma el Dr. Guyguy Manangama, epidemiólogo y subdirector de operaciones de MSF.
Los niños se han visto afectados de manera desproporcionada por este brote, pero son los últimos en poder acceder a las innovaciones médicas. Históricamente, se ha excluido siempre a los niños de los ensayos clínicos o se les incluye tarde, lo que frena su acceso a tratamientos vitales.
"Los tratamientos, las vacunas y otros medios de prevención deben evaluarse para su uso en niños desde el inicio de los esfuerzos de investigación y ponerse a su disposición sin demora. Sin embargo, en el brote actual, los niños siguen quedando rezagados, con un acceso muy limitado a los ensayos y campañas de vacunación, así como a las últimas innovaciones terapéuticas, a pesar de soportar una carga significativa de la enfermedad. Los niños no pueden seguir esperando a que se generen datos en adultos antes de beneficiarse de los avances en investigación médica para la atención y la prevención del ébola", añade el Dr. Guyguy Manangama.
MSF insta a las autoridades nacionales, las instituciones de investigación, las empresas farmacéuticas y los financiadores internacionales a que den prioridad a la inclusión de los niños en todos los estudios en curso y futuros sobre el virus Bundibugyo. Garantizar un acceso equitativo a la investigación y a las nuevas herramientas médicas, incluidas las vacunas, es esencial para reducir las muertes evitables y mejorar los resultados para uno de los grupos más vulnerables.
El impacto del brote en los niños va más allá de la propia infección por ébola. Las interrupciones en los servicios sanitarios esenciales pueden aumentar rápidamente los riesgos derivados de enfermedades que son prevenibles mediante vacunación, la desnutrición y otras enfermedades infantiles comunes. Por lo tanto, preservar la vacunación sistemática, los programas de nutrición y el acceso a la atención sanitaria primaria debe considerarse un componente fundamental de la respuesta al brote, y no una cuestión secundaria.
Nota para los editores:
Tratamiento: Un estudio en curso, el EBO-PEP, está evaluando un fármaco antiviral oral, el obeldesivir, para prevenir la infección por ébola tras una exposición de alto riesgo. Si se demuestra su eficacia, el tratamiento podría ofrecer una forma práctica de proteger a las personas que hayan estado recientemente en contacto con un paciente con ébola. Aunque se espera que el ensayo amplíe los criterios de inclusión para incluir a algunos niños, los menores de 20 kilogramos siguen excluidos porque aún no se dispone de una formulación pediátrica adecuada.
Para los niños más pequeños, la alternativa actual consiste en un tratamiento intravenoso de 10 días, un enfoque que resulta especialmente difícil de aplicar en situaciones de brote y que puede suponer un reto particular para los pacientes jóvenes y sus cuidadores. Más información aquí: Una oportunidad urgente para garantizar el acceso de los niños a los ensayos de profilaxis oral postexposición para la enfermedad por el virus de Bundibugyo - The Lancet Child & Adolescent Health
Vacunación: Aunque hasta dentro de varios meses no se esperan los resultados de los ensayos en curso que evalúan vacunas diseñadas específicamente para el virus Bundibugyo, ERVEBO® es una opción que está disponible de inmediato. Su perfil de seguridad está bien establecido, está aprobado para su uso en niños a partir de un año de edad y las autoridades sanitarias de la República Democrática del Congo cuentan con una amplia experiencia en su aplicación en situaciones de brote. Las pruebas más recientes también sugieren que podría ofrecer cierta protección contra el virus Bundibugyo, aunque aún queda por aclarar el grado de protección. En zonas con alto riesgo de transmisión del ébola, la vacunación de los contactos de los casos confirmados, incluidos los niños mayores de un año, podría ayudar a prevenir la enfermedad grave y salvar vidas.
"Muchos niños murieron solos"
Relato de la Dra. Rupa Narra, pediatra de MSF
Desde que se declaró el brote de ébola en el noreste de la República Democrática del Congo (RDC) el 15 de mayo de 2026, 4.646 personas han fallecido a causa de la enfermedad y un total de 9.637 casos han sido confirmados. Los equipos de MSF están respondiendo en las zonas afectadas de Ituri, Kivu del Norte y Haut-Uélé, provincias en las que han instalado ocho centros de tratamiento del ébola. La Dra. Rupa Narra, una pediatra que lleva más de quince años trabajando en distintos países con MSF, pasó seis semanas en Butembo, en Kivu Norte. En el siguiente relato comparte su preocupación por el alto número de niños afectados y por las pocas medidas que se están aplicando para protegerlos mientras el brote sigue propagándose.
"Llegué a Butembo, una ciudad de Kivu Norte, a mediados del pasado mes de agosto para una misión de seis semanas. Era mi vigesimocuarta misión con MSF y ya tenía experiencia en anteriores brotes de ébola. De hecho, en 2014 trabajé como epidemióloga para otra organización en Guéckédou, Guinea, en el epicentro de la epidemia que azotó África Occidental.
Hasta este año nunca había participado en la atención pediátrica de niños con ébola en un centro de tratamiento. Y lo que es más importante: nunca había sido testigo de una mortalidad infantil tan elevada. Ha sido, sin lugar a duda, el trabajo más difícil que he llevado a cabo jamás.
En el centro de tratamiento de Kitatumba, en Butembo, está gestionado por el Ministerio de Sanidad y cuenta con el apoyo de MSF. Allí ingresaron alrededor de 30 niños durante el verano, de los cuales 24 fallecieron. Su edad media era de diecisiete meses, incluyendo a varios recién nacidos. También dimos tratamiento a tres niños de 7 años y uno de 6. Todos los demás tenían menos de 5 años.
Hay una pregunta que me ha perseguido desde que llegué allí: ¿las deficiencias en la respuesta al ébola están provocando que los niños tengan que pagar un precio especialmente cruel?
Una vez que estos niños llegaban a nuestro centro, se quedaban solos. Butembo funciona según los protocolos del Ministerio de Sanidad, y es el Ministerio quien determina lo que ocurre dentro del centro de tratamiento. Cuando un paciente da positivo, por lo general se desaconseja a los familiares asintomáticos que lo acompañen, con el fin de evitar exponer a toda una familia compuesta por seis o siete niños, un cónyuge o los abuelos. Entiendo esa decisión y no tenía autoridad para cambiarla. Pero, en la práctica, eso significaba dejar a un bebé de 15 meses o a un niño de dos años y medio solo en una habitación durante largos periodos de tiempo. Esto es casi imposible de comprender y aceptar.
Tengo grabada en mi memoria una frase que escuché repetidamente durante mi estancia allí: «Estos niños llegan muy tarde; sus padres deberían haberlos traído antes». Sin embargo, la realidad es que la mayoría de estos niños ya habían sido hospitalizados en varios centros durante los días o semanas previos a su ingreso en el centro de tratamiento del ébola.
Revisé los expedientes de los niños que habían sido tratados anteriormente en el centro, así como los de aquellos a los que yo misma atendí. Y descubrí algo que me dejó en shock: en más de un 82% de los casos de ébola de niños menores de 5 años, ningún otro miembro de la familia se había contagiado. Ni los padres, ni los abuelos, ni los hermanos mayores que iban al colegio. A menudo se trataba de familias numerosas con cuatro, cinco o seis hijos y, en casi todas ellas, solo el bebé o el niño más pequeño tenía ébola.
Algunos colegas sugirieron una posible explicación para estos casos aislados dentro de una misma familia: tal vez los padres se habían vacunado durante un brote anterior en 2018 y habían conservado la inmunidad desde entonces. Pero entonces, ¿por qué no se habían contagiado tampoco los hermanos y hermanas mayores?
El único factor común que encontré fue que todos estos niños habían sido ingresados en dos o tres centros sanitarios, y a veces en más, antes de llegar a nuestro centro. Un puesto de salud, luego una clínica y después un hospital, por ejemplo. Por lo general, recibían tratamiento para lo que parecía ser malaria, neumonía, diarrea o vómitos, enfermedades comunes en los lactantes o en los niños de esta región.
Al mismo tiempo, recibíamos a profesionales sanitarios infectados por el ébola que procedían precisamente de esos mismos centros. La realidad es que en esos centros no siempre hay guantes disponibles; de hecho, ni siquiera hay agua y jabón para que el personal se lave las manos entre consulta y consulta.
Por supuesto, esto no es un estudio científico. Yo solo trabajé en un centro de tratamiento del ébola, el de Kitatumba, en Butembo, y me refiero únicamente a los niños que llegaron hasta nosotros. Sin embargo, es un hecho que la transmisión comunitaria está muy extendida y que hay que combatirla urgentemente, porque así es como se rompen las cadenas de transmisión. Probablemente muchos niños estén también muriendo en casa junto a familiares enfermos, pero, en el caso de los niños que traté, ninguna otra explicación tenía sentido. Creo que se contagiaron en los centros sanitarios, al igual que los profesionales sanitarios que trabajaban allí.
Hasta que los centros sanitarios de todos los niveles cuenten con medidas más estrictas de prevención y control de infecciones, tanto para los pacientes como para el personal, el ébola seguirá propagándose en su interior.
A veces se nos aconsejaba que confiáramos a los niños a pacientes adultos, pero la mayoría de los adultos estaban demasiado enfermos incluso para sentarse o beber sin ayuda y no podían cuidar de un niño pequeño lleno de energía. Solo una superviviente, una mujer de unos treinta años llamada Marlique que no tenía ninguna relación con los niños ni con sus familias, accedió a entrar en la sala. Cuidó de un recién nacido durante dos semanas y, después, de un niño de 15 meses durante cuatro días antes de marcharse.
En el caso del virus del Ébola de Zaire, que afectó a la República Democrática del Congo entre 2018 y 2020, disponíamos de datos exhaustivos sobre los supervivientes. Sin embargo, con el virus del Ébola Bundibugyo, no sabemos si alguien que se ha recuperado y posteriormente sufre una exposición intensa puede volver a enfermar. El equipo explicó con franqueza esta incertidumbre a la superviviente que accedió a cuidar de los niños.
Resultaba extremadamente difícil permanecer con los niños el tiempo necesario porque, por razones de seguridad, el personal sanitario no puede llevar el equipo de protección durante más de una hora seguida. Hubo ocasiones en las que tuve que esperar una hora antes de poder entrar y, después, otros treinta o cuarenta y cinco minutos para quitarme el equipo de protección, ya que solo había una zona habilitada para ello.
Durante mis dos últimas semanas, el centro de tratamiento funcionaba casi al 100 % de su capacidad. Para garantizar que alguien pudiera permanecer continuamente con los niños, habríamos necesitado al menos veinticuatro miembros del personal al día capaces de entrar en la zona de alto riesgo.
Muchos niños murieron solos. Por eso es esencial tener en cuenta sus necesidades a la hora de plantearse los próximos pasos, ya sea en el desarrollo de tratamientos, en ensayos clínicos o en cualquier otra iniciativa que implique a niños. Con demasiada frecuencia, los niños y las mujeres embarazadas quedan excluidos de los ensayos de vacunas. Al igual que muchos otros, me refiero a ellos como «huérfanos terapéuticos».
A lo largo de mi carrera en MSF, los cuidados paliativos siempre han sido una de mis prioridades. En Butembo, sin embargo, era casi imposible prestarlos.
En otras localidades hay personas que han incendiado centros de tratamiento de ébola y, según me dijeron, esto solía ocurrir después de que murieran niños. Circulaban rumores de que se pagaba a los trabajadores sanitarios para que mataran a los pacientes y eso hizo que algunos compañeros pidieran que se eliminaran sus nombres de los trajes de protección. En su lugar, se escribieron etiquetas como «Enfermera 1», «Enfermera 2» y «Médico 1», porque temían represalias.
En un ambiente así, decirles a los padres —que ya tienen dificultades para creer que el ébola existe—: «Vamos a aliviar el sufrimiento de su hijo», puede sonar como si estuviéramos dando por perdido a su hijo. En muchos casos, ni siquiera sacaba el tema. Cuando era posible, simplemente decía: «Tengo que prepararle para lo que se avecina, y lo siento profundamente, pero es poco probable que su hijo sobreviva a esta noche. Por favor, llame a tantos familiares como pueda».
Los profesionales sanitarios congoleños con los que trabajé estaban muy cualificados, pero la mayoría tenía poca experiencia en pediatría. Trataban a los niños como si fueran adultos en miniatura, y eso no era culpa suya. O bien no estaban formados para atender a niños, o bien no disponían de los tratamientos adecuados. Además, a menudo no se les paga sus salarios a tiempo. Y arriesgan sus vidas cada día.
Me centré en tres prácticas sencillas pero fundamentales. En primer lugar, utilizar equipos de infusión intravenosa pediátricos, ya que un equipo de infusión para adultos puede administrar a un niño entre veinte y ochenta veces más líquido del necesario. En segundo lugar, tratar la hipoglucemia con glucosa al 10 % en lugar de al 50 %, que puede dañar las venas. En tercer lugar, administrar el oxígeno correctamente. Tardé casi tres semanas en ganarme su confianza.
Hay muy pocas organizaciones capaces de atender a pacientes con ébola en Kivu Norte. Con el tiempo, las comunidades locales empezaron a confiar más en nosotros y nos traían a sus familiares enfermos, tanto adultos como niños. Aislamos a los pacientes, que es una de las medidas más importantes para frenar un brote, formamos al personal sanitario, un equipo de salud mental opera dentro de la zona de alto riesgo, y proporcionamos a nuestros colegas congoleños el equipo de protección que necesitan.
A pesar de todos estos esfuerzos, la mortalidad ha disminuido, pero sigue estando en torno al 50%. Y la de los niños menores de 5 años, en centros como el que trabajé, supera el 80%.
Fernando Calero
María Álvaro